Antes del Viaje
Antes de partir, estuve buscando en Internet información sobre el desierto y los pueblos aledaños, Aipe, Villa Vieja y la Victoria. La expectativa fue mucha, leer sobre la serpiente que le dió su nombre, la reina del desierto -que al final no conocimos-, y en especial los cielos de permanente verano y el museo paleontológico resultaban muy atractivos. Una de las cosas más inquietantes que encontré, fue una referencia recurrente a un artículo en el que se decía que mientras el desierto de la Tatacoa crecía, a Tierra Bomba se la tragaba el mar. De entrada, el desierto, que devela en la actualidad las historias de lo que millones de años atrás fuera una naturaleza megalómana y frondosa, pronosticaba con su comportamiento actual un futuro incierto para Colombia entera y un testimonio vivo sobre el calentamiento global. Un extraño archivo en las rocas: una prehistoria que se revela, un presente desértico y un futuro amenazante y augurioso.
Para llegar al desierto de la Tatacoa, teníamos que llegar al municipio de Aipe, unos kilómetros antes de Neiva, capital del departamento del Huila, cruzar el río Magdalena en lancha y dirigirnos hacia Villa Vieja, que es el municipio más cercano al desierto. Ese era nuestro plan y apartir de eso hicimos la previsión de dinero, tiempo, comida, agua y utensilios a llevar.
Inicio del Viaje
Desde Pereira, la única alternativa que teníamos era usar transporte intermunicipal a Neiva y bajarnos un poco antes en la entrada de Aipe -ninguno de nosotros conocía el sitio. Nos encontramos en el terminal el miércoles 19 de Marzo a las 20hrs y después de comprar algunas cosas que hacían falta abordamos un bus para Neiva. En la madrugada del 21, alrededor de las 4 de la mañana, nos avisaron que ya nos teníamos que bajar. Era de noche, en el cielo se ocultaba por las montañas una luna gigantesca de color amarillo y la carretera que se curvaba hacia arriba tenía un aire enrarecido y caliente que dejaba ver una bruma clara y las luces de los vehículos en anticipación a que cruzaran. No sabíamos qué hacer, no veíamos nada y no sabíamos exactamente dónde estábamos y sólo nos acompañaba una familia varada en su automóvil al lado del paradero. Tomamos algunas fotos, hablamos, dormimos y luego de algunas discusiones no decidimos nada. Al final, se nos alumbró el cielo y pudimos iniciar la travesía.
Nos cargamos los morrales. Cada uno almacenaba en su morral los víveres y utensilios que iba a usar en los campamentos. Algunos de nosotros llevavamos botellas de 3 litros de agua en las manos y otros, como yo, tuvimos que cargar más cosas, como la carpa por ejemplo. Entramos por un camino señalizado como la entrada al desierto de la Tatacoa, luego descubriríamos que en el camino hacia Neiva hay muchas señalizaciones iguales y que ésa era una de las más alejadas. El conductor sólo sabía que ibamos para el desierto, pero nadie le dijo que ibamos para Aipe por eso nos dejó en el primer aviso hacia el desierto con lo que aumentó varios kilómetros nuestra travesía.
Al otro lado del río, atravesamos distritos de riego y muchos cultivos de arroz mientras, esporádicamente, los habitantes pasaban raudos por la carretera en sus motocicletas ajadas por el uso en las destapadas. Luego de unos 20 minutos llegamos a otro pueblo, la Victoria, un poco más grande que el caserío anterior. Los habitantes observaron atentamente nuestra llegada y se murmuraban quién sabe qué mientras nos miraban. Parecía que no iba a ser fácil salir del pueblo, los habitantes querían que pagáramos un guía para que nos llevara caminando a Villa Vieja y no había nadie dispuesto a llevarnos en ningún vehículo. Finalmente y luego de varias averiguaciones, un amable vecino nos llevó en su camión, el mismo en que transportaba sus verduras, a un precio muy económico, sólo porque sabía que nadie más lo haría y porque le agradaban los pereiranos. El viaje a Villa Vieja no fue corto, aproximadamente 20 minutos por un paisaje verdaderamente desértico que dejaba ver a lo lejos la cúpula de la iglesia y que se poblaba sólo de cactus bajo un sol implacable que no dejaba ningún espacio para la sombra. Si este amigo no nos lleva, el viaje seguramente se hubiera acortado a causa de este trecho inesperado.
Villa Vieja
El atractivo principal que teníamos en Villa Vieja era el museo. El pueblo tiene una pequeña plaza donde se yerguen grandes árboles botella y en su centro una réplica en tamaño real de un Megaterio, animal prehistórico de unos 4 metros de alto que solía vivir en la zona millones de años antes y que es el único fósil completo que se ha podido sacar de la zona. Éste fósil fue el que impulsó la región como yacimiento paleontológico.
Los hoyos y la piscina del desierto
Partimos por fin hacia el desierto. Al rededor de las 14 horas empacamos nuestras humanidades en el poco espacio que dejaron los morrales dentro de un microbus que nos gozamos como niños. Reímos mucho hasta que empezamos a sentir el calor abrasador del desierto y ver cómo se extendía por el horizonte una tierra erosionada por los vientos y la poca agua que le llegaba. Pasamos de largo el observatorio, lleno de visitantes, porque la idea era caminar por el desierto de vuelta al observatorio. Los guías nos recomendaron visitar primero los hoyos y su famosa piscina.
La noche en el desierto fue encantadora. Una brisa cálida nos bañaba y sonidos no muy comunes nos deleitaban. Una de las cosas fascinantes era el susurro de lo que parecía ser una serpiente cascabel. Nos asustamos mucho, en especial porque cuando uno ilumina el lugar de donde proviene el sonido éste desaparece y aparece en otro sitio, a veces, más cerca. Los habitantes dicen que esos son espantos. De hecho, la Tatacoa es una serpiente ya extinta emparentada con la cascabel, por lo que no es raro que se piense que es un fantasma. El cielo no fue muy bonito esa noche, estaba cubierta por un manto que ocultaba muchas de las cosas que queríamos ver y luego nos percataríamos la mala fecha que escogimos para visitar el desierto.
La mañana siguiente fue dulce, el calor fue tierno con nosotros y la brisa nunca dejó de soplar. Hasta el mediodía, el sol no pudo salir del todo y la temperatura fue plácida como en cualquier sitio caluroso de Colombia. Al mediodía, cuando nos aprestábamos a almorzar, arribó al campamento un hombre en una motocicleta. Su venta no podía ser más tentadora: Yogourt de leche de cabra con trocitos de fruta y para completar, frío. Delicioso.
Hay avisos grandes, muy visibles marcando la dirección hacia la piscina y se ven muchos automóviles en el sitio. Saliendo de la carretera se baja por unos cerros de paisajes enigmáticos, al fondo el aparente lecho de un río, luego supimos que es un río seco y que el desierto es muy distinto cuando llueve. Luego de caminar un poco y bajar otro tanto se llega a un pequeño enclave de rocas que testifican las eras geológicas con sus capas de diferentes texturas y colores. Allí mismo, entre los testigos de los cambios de la tierra, se construyó una rudimentaria piscina de ladrillo y cemento con el agua que brota unos metros más arriba de las entrañas de la roca.
Empacamos. Probablemente el reto más grande que enfretaríamos estaba al frente: caminar a campo traviesa por el desierto para llegar al observatorio y acampar. El día siguiente nos demostraría que el desierto no había querido hacernos sentir su verdadero poder. La caminata por el desierto resultó ser una experiencia verdaderamente extraordinaria. El aterdecer al frente nos volvía a hacer sentir una calor muy rico y perfectamente soportable. Vimos un búho precioso que hace su nido en las rocas al nivel del suelo, innumerables figuras en las formaciones caprichosas del desierto y varios fósiles de tortuga que se descubren sin hacer ningún esfuerzo. Muy pronto al iniciar la caminata, salió de no sé dónde un joven a caballo, el guía nos explicaba que en el desierto habita un felino de tamaño mediano que ataca el ganado. Todos los lugareños crían cabras y el hombre del caballo se asegura de que no se las coma el felino que, según el guía, ataca en grupo y puede llegar a comerse hasta 3 cabras al día. Caminamos rápido porque el observatorio quedaba lejos y la tarde estaba muy entrada. Probamos una curiosa fruta que sale de un cactus a ras de tierra y conocimos las cuatro variedades de cactus que crecen en el desierto: pelá o arepo, cabeza de negro, cola de zorro y candelabro.
Nos cayó la noche en el desierto. Una luna gigantesca volvía a levantarse sobre las montañas, lentamente. El peligro era mucho porque cactus y ortiga crecen por doquier y el camino es muy irregular, sin mencionar que llevábamos unas 2 horas caminando y el paso seguía siendo rápido. Finalmente llegamos al observatorio astronómico, nuestro destino por excelencia. La hora no nos favorecía porque el recorrido guiado ya había empezado y además todos estabamos exhaustos. Discutimos un rato sobre dónde acampar y nos fuimos a un mirador que queda unos metros más allá de las instalaciones del observatorio. Después de organizar nuestro campamento, miramos el cielo un rato y nos deleitamos con varios objetos hermosos que en ese momento se podían visualizar.
El observatorio astronómico
En la mañana siguiente hizo un calor como del desierto. Despertamos temprano y el sol ya estaba iracundo sobre el horizonte. Un calor intenso nos golpeaba y la sombra poco a poco se hacía más estrecha. Nos bañamos en las instalaciones del observatorio y poco después fuimos a visitar al encargado del observatorio, Javier Rúa, para muchos de nosotros un verdadero privilegiado que podía dedicarse como pocos a estudiar lo que más le gusta: el cielo. Nos habló sobre su experiencia, historia de los afiches que tenía pegados en las paredes del restaurante y que desde ahí, apenas comenzando el recorrido, capturan la imaginación del visitante. "Éste me lo mandaron de la Nasa, aquél de un observatorio en México". Nos contó también la mala época en que decidimos visitar el observatorio astronómico y cómo el clima estaba enrarecido e irregular. En Semana Santa siempre hay una niebla delgada cubriendo el cielo, tanto que los habitantes del sitio le tienen un nombre del que ahora no me acuerdo y las lluvias apenas habían cesado, razón por la cual pudimos ver algunos hilos de agua en el camino hacia el observatorio el día anterior. Nos mostró las instalaciones, la sala de conferencias, la terraza, los telescopios y al final nos mostró el observatorio - al que normalmente no se puede ingresar.
Una pequeña cúpula de apariencia metálica brilla bajo la luz de un sol que parece más grande y enérgico de lo normal. El observatorio es un lugar muy, pero muy pequeño, como para una sola persona. Construído a unos metros de las instalaciones de las conferencias, daba la impresión de que el calor adentro sería infernal, a juzgar por la temperatura agobiante que en ese momento sentíamos y la apariencia metálica de la cúpula, pero en realidad resultó ser un lugar supremamente fresco. Dentro de la cúpula, está el lugar de estudio y trabajo de Javier. Una mesa, un televisor, espacio para el computador y un telescopio electrónico de 8" con un montón de juguetes de fotografía. Lo que se enfoca en el telescopio puede ser transferido a la sala de conferencias gracias a una cámara digital que se puede adaptar al telescopio. Allí duramos largo rato hablando de astronomía hasta pasado el mediodía, momento en el que sólo el hambre nos podía ahuyentar.
Final y conclusiones
Quedan muchos detalles qué comentar, pero lo que más me inquietó durante el viaje fue el artículo consultado inicialmente. De hecho, aunque el desierto está bien marcado, todo alrededor evoca el desierto. Hay cactus en el camino de ida y vuelta, el calor y las formaciones provocadas por la erosión persisten hasta mucho después de haber dejado el desierto. El clima está tan cambiado, que el desierto mismo estaba florecido. Javier nos comentaba que las temporadas de lluvias se habían adelantado y habían durado más tiempo de lo normal. ¿Será éste un signo alentador?, ¿podremos ignorar la advertencia del lugareño que dice que los laberintos avanzan peligrosamente hacia su casa?. Sólo pude alejarme de un paisaje hermoso pero enigmático, tratando de no pensar en las implicaciones de la falta de vegetación y sequedad que abandonaba y que resultaban tan ajenas a este paisano de las montañas del eje cafetero.